30 junio 2009

La Buena Noticia

NO DESPRECIAR AL PROFETA
por José Antonio Pagola
5 de julio de 2009
14 Tiempo ordinario ( B )
Marcos 6,1-6
El relato no deja de ser sorprendente. Jesús fue rechazado precisamente en su propio pueblo, entre aquellos que creían conocerlo mejor que nadie. Llega a Nazaret, acompañado de sus discípulos, y nadie sale a su encuentro, como sucede a veces en otros lugares. Tampoco le presentan a los enfermos de la aldea para que los cure.
Su presencia solo despierta en ellos asombro. No saben quién le ha podido enseñar un mensaje tan lleno de sabiduría. Tampoco se explican de dónde proviene la fuerza curadora de sus manos. Lo único que saben es que Jesús un trabajador nacido en una familia de su aldea- Todo lo demás «les resulta escandaloso».
Jesús se siente «despreciado»: los suyos no le aceptan como portador del mensaje y de la salvación de Dios. Se han hecho una idea de su vecino Jesús y se resisten a abrirse al misterio que se encierra en su persona. Jesús les recuerda un refrán que, probablemente, conocen todos: «No desprecian a un profeta mas que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».
Al mismo tiempo, Jesús «se extraña de su falta de fe». Es la primera vez que experimenta un rechazo colectivo, no de los dirigentes religiosos, sino de todo su pueblo. No se esperaba esto de los suyos. Su incredulidad llega incluso a bloquear su capacidad de curar: «no pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó a algunos enfermos».
Marcos no narra este episodio para satisfacer la curiosidad de sus lectores, sino para advertir a las comunidades cristianas que Jesús puede ser rechazado precisamente por quienes creen conocerlo mejor: los que se encierran en sus ideas preconcebidas sin abrirse ni a la novedad de su mensaje ni al misterio de su persona.
¿Cómo estamos acogiendo a Jesús los que nos creemos «suyos»? En medio de un mundo que se ha hecho adulto, ¿no es nuestra fe demasiado infantil y superficial? ¿no vivimos demasiado indiferentes a la novedad revolucionaria de su mensaje? ¿no es extraña nuestra falta de fe en su fuerza transformadora? ¿no tenemos el riesgo de apagar su Espíritu y despreciar su Profecía?
Ésta la preocupación de Pablo de Tarso: «No apaguéis el Espíritu, no despreciéis el don de Profecía. Revisadlo todo y quedaos sólo con lo bueno» (1 Tesalonicenses 5, 19-21). ¿No necesitamos algo de esto los cristianos de nuestros días?

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28 junio 2009

Escuela de oración

Aprender a contactar con Dios (I)
por Dolores Aleixandre
publicado por
Fe, Arte, Solidaridad y Tú
Cuenta una vieja historia de la Biblia que una noche Jacob se echó a dormir en medio del campo. Como de costumbre iba huyendo, en este caso de su hermano Esaú que lo perseguía a causa del contencioso “lentejas por primogenitura” que los interesados pueden leer en Gen 25,29-34. El caso es que Jacob se pasaba la vida escapando y casi sólo cuando era de noche y se echaba a dormir, podía Dios alcanzarlo. Aquella noche soñó con una escalera que, plantada en la tierra, llegaba hasta el cielo y por la que subían y bajaban ángeles. Jacob se despertó lleno de estupor y llamó a aquel lugar “morada de Dios” (Gen 28,10-22). Mucho tiempo después lo encontramos diciendo: “Soy yo demasiado pequeño para toda la misericordia y fidelidad que el Señor ha tenido conmigo…” (Gen 32,11): un hombre de “lo útil” había comprendido el valor de “lo inútil.”
Al releer hoy esa historia podemos quedarnos tan estupefactos como Jacob ante la noticia que la narración nos comunica: el mundo de Dios y el nuestro están en contacto, la escalera de la comunicación con El está siempre a nuestro alcance, existen caminos de acceso a Dios y posibilidad de encontrarlo y de acoger sus visitas.
Otra narración pintoresca del Antiguo Testamento nos cuenta que un tal Jonás, de profesión profeta, había puesto también los pies en polvorosa para escapar de Dios que quería enviarlo a anunciar salvación a Ninive. Pero Jonás, como buen israelita, abominaba a los ninivitas que eran gentuza pagana y no estaba por la labor de colaborar con Dios en el disparate de convertirlos. Así que, en vez de tomar el camino de Nínive, se embarcó en dirección contraria, rumbo a Tarsis. Pero Jonás no contaba con la terquedad de Dios ni con la ghymkana de obstáculos que iba a encontrar en su huída: hay una tempestad, los marineros le tiran al mar y se lo traga un inmenso pez. Y mira por donde, a Jonás el fugitivo no se le ocurre mejor cosa que hacer en el vientre del pez que ponerse a rezar.
Y cada uno de nosotros podría concluir acertadamente: “pues si alguien oró en una situación semejante, quiere decir que cualquiera de los momentos que yo vivo, por extraños que resulten, nunca serán tan insólitos como el interior de una ballena, así que, por lo visto, todos y cada uno de los lugares y situaciones en que me encuentre: un atasco de circulación, la antesala del dentista, el vagón de metro, la cola de la pescadería o la cumbre de una montaña, son lugares aptos y a propósito para contactar con Dios“.
Nada que objetar a templos, capillas, santuarios, ermitas o monasterios: sólo recordar que Dios no necesita ninguno de esos ámbitos (quizá sí nosotros, por aquello del sosiego y de que nos dejen en paz), pero siempre que no nos hagan olvidar que no existe ningún lugar ni situación “fuera de cobertura” para la comunicación con Dios.
Ese es el gran testimonio que nos dan los creyentes de la Biblia: al hojear sus páginas los encontramos orando junto a un pozo (Gen 24) o en la orilla del mar (Ex 15,1ss); en medio del tumulto de la gente o en pleno desierto (Mt 4,1-11); al lado de una tumba (Jn 11, 41) o con un niño en brazos (Gen 21,15); junto al lecho nupcial (Tob 8,5) o rodeados de leones (Dan 6,23).
Y tampoco parece que lo hacían desde las actitudes anímicas más idóneas: se dirigen a Dios cuando se sienten agradecidos y también cuando están furiosos, claman a El en las fronteras de la increencia, la rebeldía o el escepticismo, lo bendicen o lo increpan desde la cima de la confianza o desde el abismo de la desesperación.
Y uno deduce: la cosa no puede ser tan difícil, muchos otros antes que yo intentaron eso de rezar y lo consiguieron; parece que el secreto está en ensanchar las zonas de contacto… ¿Y si probara yo también?
Uno de las causas de que algunos han desistido de hacerlo después de haberlo intentado, es que se empeñaron en contactar con Dios desde otra situación distinta de la que era realmente la suya en aquel momento (cuando tenga tiempo, cuando esté menos cansado, cuando encuentre un lugar apropiado…), y todo eso son arenas movedizas por irreales en comparación con la roca firme de la realidad concreta y actual en la que se está. Porque es esa situación la que hay que concienciar, nombrar, acoger, tocar, y extender ante Dios, como el tapiz precioso que un mercader expone para que un comprador lo admire. Y darnos tiempo para hacer la experiencia (otros muchos la hicieron antes que nosotros), de que Dios es un “cliente incondicional” de todas nuestros tapices y sabe mejor que nadie apreciarlos, valorarlos, acariciar su textura, admirar el revés de su trama, y hasta remendar sus rotos y embellecer su dibujo.
Los textos que siguen (y que publicaremos en cuatro partes) pretenden acompañarte en esta aventura si decides emprenderla, aunque sea de manera vacilante. Vas a encontrar “narraciones de contactos” partiendo de situaciones humanas elementales: el cansancio, la prisa, la muerte, la monotonía, la gracia, la des-gracia… Son relatos esquemáticos en los que todo ocurre con mucha rapidez, pero piensa que como el encuentro con Dios es una relación, hay que invertir en ella tiempo y paciente espera. Lo que vas a leer son sólo pistas, luego tú seguirás tu propio camino y tus propios ritmos para encontrar a Dios y dejarte encontrar por El a través de todo lo que constituye la trama de tu vida: relaciones, deseos, miedo, alegrías, soledad, inquietud, asombro…
Puedes empezar ahora mismo, estás en buen lugar allí donde estés y en buen momento tal como te encuentras ahora.
Quizá en este instante estés empezando el aprendizaje vital más apasionante de tu existencia (Un consejo: cómprate un Evangelio pequeño y un librito de Salmos que no pesen ni abulten para poder llevar al menos uno de los dos siempre contigo).
DESDE EL CANSANCIO
De pie en el metro abarrotado, con doce interminables estaciones por delante. Arrastrando el carro de la compra escalera arriba (cuarto piso sin ascensor). Detrás del mostrador, o delante del ordenador, o junto a la pizarra de la clase, hartos de clientas pesadísimas, ciudadanos impertinentísimos o niños inquietísimos (y yo con la cabeza a punto de explotar…). De noche, sentada en una silla metálica junto a la cama del abuelo, internado por tercera vez en dos meses por la cosa de los bronquios.
Ahora y aquí. Detecto mi cansancio, trato de no rechazarlo. Está aquí, conmigo, pesando sobre mí, hinchando mis piernas, atacándome por la espalda, rodeando mis riñones. Lo saludo, intento llamarlo por su nombre: “Tanto gusto, Doña Bola de Plomo”, “¿Cómo le va, Don Saco de Arena?”, “Parece que vienen Vds. mucho por aquí… (Si consigo sonreír un poco, todo puede ir mejor…) Trato de respirar despacio, de tomar una pequeña distancia, de despegarme de mi propia fatiga, de abrir un espacio a otra Presencia.
Leo o recuerdo: «Jesús, cansado del camino, se sentó junto al pozo. Era mediodía» (Jn 4,6). Le miro tan derrotado como yo, y encima el calor y la sed. Me siento yo también en el brocal del pozo o en el bordillo de la acera junto a él. No tengo ganas de decir nada y a lo mejor a él le pasa lo mismo. Estamos en silencio, comunicándonos sin palabras por qué estamos tan agotados. Quizá le oigo decir con timidez: «Cuando estés muy cansada o con agobio, vente aquí y lo pasamos juntos. Es lo que hago yo con mi Padre y no sé bien cómo, pero estar con él me descansa».
Me habla de gente que conoce desde hace tiempo, gente importante y famosa, de la que sale en la Biblia, amigos suyos al parecer, que todo el mundo piensa que eran muy fuertes y muy resistentes, pero que de vez en cuando no podían más y se querían morir, de puro cansados: un tal Moisés que se quejaba mucho a Dios porque llevaba detrás un pueblo muy pesado y a ratos le presentaba la dimisión y le decía: “Si lo sé, no vengo” (al desierto, claro…), y cosas parecidas (Num 11,11-15). Pero a pesar de todo, no le fallaba nunca a la cita, y eso que era en lo alto del Sinaí y no estaba ya para muchos trotes…
O también el profeta Elías, que había montado un show de mucho cuidado en el monte Carmelo, se había cargado a todos los profetas de la oposición (esas cosas por entonces no se veían tan mal como ahora…), había conseguido lluvia después de tres años de sequía y había hecho una salida triunfal corriendo delante del carro del rey… (1Re 18); pues en la escena siguiente, sale huyendo hacia el desierto porque la reina Jezabel, que era malísima, lo amenaza, se adentra por allá solo, empieza a caminar sin rumbo y cuando está ya medio deshidratado y al borde de la insolación, se tumba debajo de un arbusto y se pone a dar voces diciendo que se quiere morir y que ya no aguanta más. Y a Dios le dio muchísima ternura verle así de derrotado y le mandó por mensajero agua fresca y pan recién hecho, y sobre todo unas palabras de ánimo que lo dejaron como nuevo y le ayudaron a reemprender el camino hacia el Sinaí que era donde le había citado Dios (que se le nota como una fijación con ese sitio…) (1 Re 19).
Le hablo yo también de conocidos míos que andan peor que yo: un compañero de oficina que tiene a su suegra en casa con Alzheimer y no les deja pegar ojo por las noches. Una amiga de toda la vida con un hijo drogata que ha dejado cinco veces los programas de rehabilitación y la familia está al borde de la locura. Gente que he visto en una exposición de fotografías de Sebastiao Salgado trabajando en una mina de oro de Brasil en condiciones estremecedoras.
Nos quedamos callados otra vez. Él me sugiere que pongamos todo ese cansancio entre las manos del Padre, que reclinemos la cabeza en su regazo, como en esa escultura en que Adán descansa la cabeza sobre el regazo de su Creador que tiene puesta la mano sobre su cabeza. Lo hago y me quedo dormida un ratito.
Me despierto y sigo cansada, pero es distinto. Vuelvo a respirar hondo. Gracias. Hasta mañana.

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27 junio 2009

El Día de la Palabra

Dos mujeres: Hemorroísa e Hija del Archisinagogo
por Xabier Pikaza
publicado por
El Blog de X. Pikaza
Tercer domingo Tiempo Ordinario. Ciclo B.
Mc 5, 21-43.
Jesús vuelve a la ribera galilea que había sido espacio de llamadas (Mc 1,16-20; 2, 13-14), curaciones (Mc 3, 7-12) y parábolas (Mc 4,1ss). Entre los paganos, la opresión tenía rostro de hombre y signos de violencia externa (cf. 5, 14: el geraseno). Aquí aparece vinculada a un hombre y a dos mujeres, con rasgos de violencia personal y familiar muy honda: una de ellas es joven, hija del Archisinagogo, y parece que no tiene más remedio que morir, habiendo cumplido doce años (al hacerse mayor); la otra es ya madura, lleva doce años de mal flujo de sangre. Ambas están vinculadas por una misma enfermedad: son signo de impotencia de un pueblo dominado por varones. Jesús las cura, es decir, las reconoce como personas, pero no para que vuelvan al mundo antiguo de varones dominantes, sino para iniciar a su lado un camino de humanización evangélica (de iglesia) donde merece la pena crecer, ser mujer, realizarse en familia. Éste es uno de los textos más poderosos de la historia cristiana. Se puede comentar desde perspectivas distintas. Yo lo haré teniendo en cuenta el ritmo de la narración, tal como la he presentado en mi libro sobre Marcos (donde podrán verse las notas eruditas y las justificaciones de mi interpretación).
División. El relato es doble y unitario y se encuentra construido en forma concéntrica:
a: Jairo, Archisinagogo, (5, 22-24a) tiene una hija que muere al hacerse mayor de edad. Él no puede darle vida. Por eso acude a Jesús (condenado por ley: 3, 22-30) buscando vida por encima de su ley y sinagoga.
b: La hemorroísa (5, 24b-34) viene por sí misma y quiere tocar a Jesús para vivir como mujer, persona. Lo hace, se cura, Jesús la envía a casa El Archisinagogo aprende al verla y escucharla.
a': La hija de Jairo (5, 35-43). Jesús entra en casa del Archisinagogo con tres discípulos que son signo de iglesia, para ofrecer a la joven su mano y levantarla. De la sinagoga (que 1, 21-28 y 3, 1-6 presentaban como lugar de impureza e impotencia) pasamos a la casa de muerte del Sinagogo que puede convertirse por Jesús en casa de resurrección y vida (iglesia).
Leídos así, estos textos son la carta magna de la libertad de la mujer cristiana. Se trata, evidentemente, de una libertad que empieza por el cuerpo, libertad para la vida, para ser ellas mismas, dentro de la iglesia. En el lugar donde la Misná pone el código Nashim (De las Mujeres), centrado en rituales que consagran el sometimiento femenino, ha colocado Mc esta escena que avala para siempre la libertad de la mujer creyente60. La dividimos en sus dos subescenas:
1.- Mujer con hemorragia (5, 24b-34)
24b Mucha gente lo seguía y lo estrujaba, 25 y una mujer que padecía hemorragias desde hacía doce años, 26 y que había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todo lo que tenía sin provecho alguno, yendo más bien a peor, 27 oyó hablar de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. 28 Pues se decía: *Si logro tocar aunque sólo sea su manto, quedaré curada+. 29 Inmediatamente se secó la fuente de su sangre y sintió que estaba curada del mal. 30 Y Jesús, dándose cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se volvió en medio de la gente y preguntó:
¿quién ha tocado mi manto?
31 Sus discípulos le replicaron:
- Ves que la gente te está estrujando ¿y preguntas quién te ha tocado?
32 Pero él miraba alrededor a ver si descubría a la que lo había hecho. 33 La mujer, entonces, asustada y temblorosa, sabiendo lo que le había pasado, se acercó, se postró ante él y le contó toda la verdad34 .Él le dijo:
-Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu mal.
Es persona sin familia. Conforme a la ley sacral judía, su condición de hemorroísa (mujer con hemorragia menstrual permanente) le expulsa de la sociedad: no puede tener relaciones sexuales ni casarse; no puede convivir con sus parientes ni tocar a los amigos, pues todo lo que toca se vuelve impuro a su contacto: la silla en que se sienta, el plato del que come... Es mujer condenada a la soledad, maldición social y religiosa. El milagro de Jesús consiste en dejarse tocar, ofreciéndole un contacto purificador. En el fondo del relato hay un recuerdo histórico (forma de actuar de Jesús) y una experiencia eclesial (la comunidad cristiana ha superado las normas de pureza humana y sexual del judaísmo.
Jesús no la ayuda para llevarla después a su grupo; no le dice que venga a sumarse la familia de sus seguidores, sino que hace algo previo: le valora como mujer, acepta el roce de su mano en el manto, ofreciéndole el más fuerte testimonio de su intimidad personal; le anima a vivir y le cura, para que sea sencillamente humana, persona con dignidad, construyendo el tipo de familia que ella misma decida. No la quiere convertir en nada (a nada) sino capacitarla para ser al fin y para siempre humana.
La hemorroísa, enferma de menstruación, sufría en la cárcel de su cuerpo, incapaz de crear comunicación en su entorno. La misma ley (Lev 15, 19-33) establecía las normas de su vida y sujeción femenina.
La mujer era un viviente cercano a la impureza, tanto por los ciclos de su menstruación como por el parto, sometida a leyes de carácter sacral hechas para mantenerla de algún modo atada a sus procesos naturales y a su condición de servidora de la vida (engendradora). Neuróticamente impura era esta hemorroísa: rescatarla para la humanidad, para las relaciones personales, para la familia, esta ha sido una conquista capital del evangelio:
- Era hemorroísa desde hace 12 años (5, 25). Nadie podía acercarse a su cuerpo, compartir su mesa, convivir con ella. Como solitaria, aislada tras el cordón sanitario y sacral de su enfermedad, vivirá en la cárcel de su impureza femenina. No puede curarla la ley, pues la misma ley social y sacral la ratifica como enferma, ha creado y ratificado su enfermedad. Por eso no puede acudir a los escribas ni a los sacerdotes para curarse.
- Es mujer sin curación humana, pues los muchos médicos (pollôn iatrôn) fueron incapaces de curarla (5, 26). Lo ha gastado todo en sanidad y no ha sanado, como dice con ironía el texto. Pero más que la ironía destaca aquí la impotencia. Puede afirmarse que los médicos resultan mejores que los sacerdotes y escribas, pues al menos han intentado ayudarla. Pero al fin se han mostrado incapaces, a pesar del dinero que la mujer les ha dado: no pueden llegar a la persona en cuanto tal, no pueden penetrar (en cuanto médicos) en la raíz de la sangre manchada, fuente de todos los trastornos de la vida63.
- Es mujer solitaria, pues su mismo tacto ensucia lo que toca, pero tiene un deseo de curarse que desborda el nivel de los escribas de Israel y de los médicos del mundo. Lógicamente, su misma enfermedad se vuelve deseo de contacto personal. Ha oído hablar de Jesús y quiere entrar en contacto con él: (Si al menos pudiera tocar su vestido! (cf. 5, 27-28). No puede venir cara a cara, no puede avanzar a rostro descubierto, con nombre y apellido, cuerpo a cuerpo, porque todos tenderían a expulsarla, sintiéndose impuros a su roce. Por eso llega por detrás (opisthen), en silencio (5, 27).
- Es mujer que conoce y sabe con su cuerpo (5, 29). Toca el manto de Jesús y siente que se seca la fuente "impura" de su sangre, se sabe curada. Alguien puede preguntar: ¿cómo lo sabe? ¿de qué forma lo siente, así de pronto? ¿No será ilusión, allí en medio del gentío? Evidentemente no. Lo que importa de verdad es que ella sepa, se sepa curada, que pueda elevarse y sentirse persona, rompiendo la cárcel de sangre que la tenía oprimida, expulsada de la sociedad por muchos años. Por eso es decisivo que ella sepa, se descubra limpia en contacto con Jesús.
- Jesús irradia pureza y purifica a la mujer al ser tocado (5, 30-32). También él conoce y actúa por su cuerpo, vinculándose a ese plano con la hemorroísa. Sólo ellos dos, en medio del gentío de curiosos legalistas, se saben hermanados por el cuerpo. A ese nivel ha tocado la mujer, a ese nivel sabe Jesús que, más allá de los que aprietan y oprimen de manera puramente física, le ha tocado una persona pidiendo su ayuda; evidentemente, él se la ha dado. Los discípulos no saben entender, ni distinguir los roces de la gente: quedan en el plano físico del gentío que aprieta (5, 31). Jesús, en cambio, distingue y sabe que ha sido un roce de mujer, pues antes de mirarla y conocerla se vuelve para descubrir tên touto poiêsasan, es decir, a "la" que ha hecho esto (5, 32). Estamos en el lugar donde más allá de toda posible magia (algunos buscan poderes misteriosos por el tacto) viene a desvelarse el poder sanador del encuentro de los cuerpos.
-La mujer debe confesar abiertamente lo que ha sido, lo que ha hecho, lo que en ella ha sucedido (5,33). Estaba invisible, encerrada en la cárcel de su impureza. Ha venido a escondidas, con miedo, pues quien viera lo que hace podría castigarla (5, 27). Pues bien, Jesús reacciona obligándole a romper ese ocultamiento vergonzoso, hecho de represiones exteriores y miedos interiores. En otras ocasiones, ha pedido a los curados que no digan lo que ha hecho, para que el milagro no rompa el secreto mesiánico o se vuelva propaganda mentirosa sobre su persona (cf. 1, 34. 44; 3, 12). Pero en esta pide a la mujer que salga al centro y cuente a todos lo que ha sido su vida en cautiverio y cómo ha conseguido la pureza de su cuerpo. Ella debe contar lo que ha pasado y sufrido, mostrando así en la plaza pública, ante todos los hombres legalistas y de un modo especial ante el Archisinagogo, lo que fue el tormento de su vida clausurada en la impureza de su enfermedad. No basta lo que diga Jesús, tiene que decirse ella misma: tomar su palabra de mujer y persona, proclamando ante todos su experiencia. Una mujer que dice toda su verdad (pasan tên alêtheian) ante los varones de la plaza: esta es la meta de la curación, este es el principio de la iglesia mesiánica, donde la mujeres pueden y deben decir lo que sienten y saben, lo que sufren y esperan, en historia que comparten con los varones.
-Jesús ratifica en forma sanadora el gesto de confianza y el contacto humano de la mujer que le ha tocado. No se atribuye la curación, no quiere ponerse en primer plano. Cariñosamente le habla: ¡Hija! Tú fe te ha salvado. Vete en paz (5, 34). Todo nos permite suponer que esta palabra ¡hija! resulta en este caso la apropiada, la voz verdadera. Quizá nadie le ha llamado así, nadie le ha querido. Jesús lo hace, dejándose tocar por ella, reconociéndole persona (hija) y destacando el valor de su fe. Ella le ha curado.
Puede seguir existiendo el problema de la sangre menstrual (trastorno físico) en plano médico y psicológico, pero aquí ha perdido su carácter de maldición y su poder de exclusión religiosa, de rechazo humano. Esta mujer no aparece ya como impura sino como persona enferma a la que ha sanado su fe y su palabra (su forma de decirse en público) . Así la ha valorado Jesús, superando una tendencia corporalizante (biologista) del judaísmo, codificada en Levítico y Misná. Frente a la mujer naturaleza, determinada por el ritmo normal o anormal de las menstruaciones, encerrada en la violencia que su sangre y proceso genético simboliza (para los varones), Jesús ha destacado su valor como creyente que vive y de despliega su humanidad a nivel de fe.
Jesús no se limita a definirla desde fuera, como cuerpo peligroso que se debe controlar sino que la recibe en su valor total, como persona: mano que puede tocar, mente capaz de expresarse y decir lo que siente, corazón que sufre y cree. Sólo una mujer a quien se deja que actúe y se exprese, diciendo lo que ha sido su dolor, puede madurar como persona.
Jesús no la retiene para su posible iglesia, ni le manda al sacerdote (para ratificar su curación sacral). Simplemente le dice que vaya sin miedo y asuma ante todos su camino de mujer en dignidad. De ahora en adelante no la definirá su menstruación sino su valor como persona. Sólo así podrá crear familia, hacerse humana (hermana, madre) dentro del corro de Jesús o de la iglesia (cf. 3, 31-35), abriendo hacia los otros la fe que ella ha mostrado "tocando" a Jesús.
Un espacio de intimidad donde los humanos pueden tocarse en fe, es decir, relacionarse en clave de confianza: eso es la iglesia conforme a este pasaje. Los tabúes de sangre y menstruación pasan a segundo plano, pierden importancia las reglas que han tenido sometidas desde antiguo a las mujeres por la propia "diferencia" de su cuerpo. Ellas son capaces de creer y realizar la vida en gesto de confianza, igual que los varones. Por eso, Jesús no les ofrece leyes especiales de sacralidad o pureza, como han hecho por siglos muchos sacerdotes (incluso cristianos). Que sea mujer, que viva en libertad como persona, eso es lo que Jesús le ha deseado (le ha ofrecido), dentro de una sociedad donde la ley de enfermedades corporales y purificaciones de mujeres ha sido construida casi siempre por varones para proteger sus privilegios.
2.- La hija del Archisinagogo: impureza y muerte (5, 21-24a.35-43) .
21 Y cruzando al otro lado, mucha gente se aglomeró junto a él a la orilla del mar.22 Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Al ver a Jesús, se echó a sus pies 23 y le suplicaba con insistencia, diciendo:
-Mi hijita está agonizando; ven a imponer las manos sobre ella para que se cure y viva.
24 Y fue con él.... 35 Todavía estaba hablando cuando llegaron unos de casa del Archisinagogo diciendo:
-Tu hija ha muerto; no sigas molestando al Maestro.
36 Pero Jesús, que oyó la noticia, dijo al Archisinagogo:
-No temas; basta con que tengas fe.
37 Y sólo permitió que lo acompañaran Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.
38 Llegaron a casa del Archisinagogo y, al ver el alboroto, unos que lloraban y otros que daban grandes alaridos, 39 entró y les dijo:
¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida.
40 Pero ellos se burlaban de él. Entonces Jesús echó fuera a todos, tomó consigo al padre de la niña, a la madre y a los que lo acompañaban, y entró adonde estaba la niña. 41 La tomó de la mano y le dijo:
-Talitha koum (que significa: Niña, a ti te hablo, levántate).
42 La jovencita se levantó al instante y echó a andar, pues tenía doce años. Ellos se quedaron atónitos. 43 Y él les insistió mucho en que nadie supiera esto y les dijo que le dieran de comer69.
La escena (iniciada en 5, 21-24a) quedaba retrasada (cf. 5, 24b-34) y pudiera parecer que ese retraso ha matado a la niña (5, 35). Pero es lo contrario: el testimonio de la hemorroísa permite situar el nuevo gesto de Jesús con la hija del Archisinagogo. La hemorroísa vivía encerrada en su flujo constante e "impuro" de sangre menstrual, que duraba doce años (5, 25).
Doce años de vida infantil ha recorrido la hija del Archisinagogo (5, 42): había estado segura, se hallaba resguardada en el espacio de máxima pureza de Israel (casa de un jefe de sinagoga) y sin embargo, al descubrirse mujer, con el primer flujo de sangre que enciende su cuerpo, ella decide por dentro apagarse; no tiene sentido madurar en estas circunstancias.
Son muchas las mujeres que han sufrido y sufren al llegar a esa edad: pueden sentir el temor de su propia condición, su cuerpo deseoso de amor y maternidad, amenazado por la ley de unos varones (padres, hermanos, posibles esposos) que especulan sobre ellas, convirtiéndolas en rica y frágil mercancía; se saben objeto del deseo de unos hombres que no las respetan, ni escuchan, ni hablan.
Parece que esta niña no se atreve a recorrer la travesía de su feminidad amenazada: es víctima de su propia condición de mujer en un mundo de varones y se siente condenada a muerte por las leyes sacrales de su sociedad. Hasta ahora había sido feliz, niña en la casa, hija de padres piadosos (sinagogos), resguardada en el mejor ambiente. De pronto, al hacerse mujer, se descubre moneda de cambio, objeto de deseos, miedos, amenazas, represiones. Le bastan doce años de vida para sufrir en su cuerpo adolescente, que debía hallarse resguardado de todos los terrores, un terror que sienten de forma especial cierta mujeres marginadas: hemorroísas, leprosas... Por su misma condición de niña hecha mujer empieza a vivir en condición de muerte.
Sabemos que la sinagoga era lugar donde se escondía el poseso (1, 21-28), espacio donde el sábado valía más que la salud del hombre de la mano seca (3, 1-6). Para la sinagoga vive el Archisinagogo, símbolo de la institución sacral judía. Parece tenerlo todo y, sin embargo, no puede educar a su hija, acompañándola en la travesía de su maduración como mujer: mantiene con vida a su comunidad, pero tiene que matar (como nuevo Jefté) a su misma hija para conseguirlo.
- La niña debería ser feliz, deseando madurar para casarse con otro Archisinagogo como su padre, repitiendo así la historia de su madre y las mujeres "limpias", envidiadas, de la buena comunión judía. Pero a los doce años, edad de sus sueños, renuncia. No acepta este tipo de vida: carece de medios para iniciar un camino diferente; no le queda más salida que la muerte, en gesto callado de autodestrucción que, por la palabra final de Jesús ((dadle de comer!: 5, 43), parece tener rasgos anoréxicos.
Entramos en el centro de una crisis familiar. No sabemos nada de la madre (que aparece al final, en 5,40), aunque podemos imaginar que sufre con la hija, identificándose con ella. El drama se expresa y culmina desde el padre, capaz de dirigir una sinagoga (ser jefe de una comunidad) pero incapaz de ofrecer compañía, palabra y ayuda, a su hija. Por eso, el verdadero milagro de Jesús es la conversión del padre, que debe transformarse, a través del testimonio de la hemorroísa, a fin de acoger y educar a la hija para la vida y no para la muerta. Que la hija del judaísmo viva, (que el jefe de la sinagoga se abra a la fe, creadora de familia), eso lo que quiere el Jesús de Mc:
- Un Archisinagogo busca a Jesús para pedirle que cure a su hija, thygatrion (5, 22-24b)). Sólo al final (5, 42) se dirá que tiene doce años, edad de maduración como mujer casadera, años de enfermedad (menstruación irregular de la hemorroísa: 5, 25). Las dos están unidas por un mismo dolor, vinculado a su condición femenina, en el contexto social israelita. Esta debía ser (hacerse ya) mayor y sin embargo el texto la presenta por dos veces como niña, en palabra significativa (paidion, korasion: 5, 40-41) que acentúa eso que pudiéramos llamar su rasgo infantil, presexuado. Es como si negara su maduración de mujer, intentando quedarse en la infancia. Precisamente porque eso es imposible ella se muere. Como testigo de una estructura social y religiosa que no puede ofrecer vida a su hija, el Archisinagoga busca a Jesús pidiendo que le imponga las manos, ofreciéndole algo que él, jefe judío oficial, no puede darle (5, 23).
- Jesús hace que el padre sinagogo, representante de un culto que parece endemoniado (poseído por un espíritu impuro: cf. 1, 21-28; 3, 1-6), recorra un largo camino de fe (5, 35-36). Está la niña muriendo (eskhatôs ekhei) y sin embargo él se detiene con la hemorroísa (5, 24b-34). Es un retraso mortal, la niña muere. Dicen que no merece la pena que venga, no hay remedio (5, 35). Pero Jesús responde ofreciendo salud allí donde humanamente era imposible y diciéndole al padre: ¡No temas, sólo cree! (5, 36). En el caso anterior era la misma mujer quien creía (así le dice Jesús: (Tu fe te ha salvado!: 5, 34). Ahora es el padre quien tiene que creer, realizando el milagro. Jesús tiende de esa forma un nexo muy profundo entre dos personas que parecen hallarse en los extremos del tejido social israelita: la hemorroísa impura y el puro Archisinagogo. A los dos se pide lo mismo: ¡que tengan fe! .
-Jesús entra en la habitación de la niña con su padre y su madre (5, 37-40). Llegan a casa. Ambos, padre y madre, unidos e iguales, pueden dar a la niña testimonio y garantía de futuro. Se ha convertido el padre, ha aceptado el gesto de la hemorroísa, está dispuesto a creer. Este es el milagro: que su niña se vuelva mujer, en estas circunstancias, que asuma con gozo la vida. En busca de Jesús había salido un padre antiguo e impotente, vinculado a la vieja estructura sacral israelita. Ahora viene con Jesús como hombre nuevo, pues ha aceptado el gesto y curación (limpieza) de la hemorroísa.
- Jesús toma consigo a tres discípulos (Pedro, Santiago y Juan: 5, 37). No van como curiosos, ni están allí de adorno. Son miembros de la comunidad o familia cristiana que ofrece espacio de esperanza y garantía de solidaridad a la niña hecha mujer. Significativamente son varones, pero ahora penetran como humanos (respetuosos, deseosos de vida, no dominadores) en el cuarto de una enferma que probablemente ha muerto, está muriéndose, por miedo a los hombres. Su presencia convierte este pasaje en sacramento eclesial: superando la sinagoga judía (donde la niña parece condenada a morir) emerge aquí, con el Archisinagogo y su esposa, una verdadera iglesia humana donde la niña puede hacerse mujer en gozo y compañía. Esta iglesia se distingue de todas las sinagogas antiguas y modernas que ponen sus estructuras y dogmas por encima de la libertad de la mujer. Estamos ante un sacramento de la maduración personal de la mujer. Antes de pedir que sea judía o cristiana, en clave confesional, la iglesia ha de ofrecerla gozo de vivir en una comunidad donde nadie imponga su forma de ser sobre los otros. Este es un texto de iglesia, texto de familia: padres y discípulos penetran juntos en el cuarto de la enferma, ofreciéndole confianza de futuro.
- Sólo entonces (con el padre convertido, la madre presente y los discípulos formando comunión) puede realizar Jesús su gesto: agarra con fuerza a la enferma (kratêsas) y dice (talitha koum!, niña levántate (5,41).
No basta un toque suave que limpia (como al leproso: 1, 41); hace falta una mano que agarre con fuerza y eleve (como a la suegra de Simón: 1, 31), rescatando a la niña del lecho en que había querido quedarse por siempre y diciendo: ¡Egeire! (levántate! Frente al llanto funerario que celebra la muerte (5, 38-40) se eleva aquí Jesús como dador de vida y promesa de pascua: al misterio de la resurrección de Jesús, proclamada en Galilea, pertenece esta niña devuelta al camino de la vida.
- Jesús pide que den alimento a la niña (5, 43), como insinuando que sufría de anorexia. Están en el cuarto los siete (los padres, tres discípulos, Jesús y la niña). Ella empieza a caminar. Jesús no tiene que decirla nada: no le da consejos, no le acusa o recrimina. Es claro que las cosas (las personas) tienen que cambiar a fin de que ella viva, animada a recorrer un camino de feminidad fecunda, volviéndose cuerpo que confía en los demás y ama la vida. Tienen que cambiar los otros; por eso dice a todos (autois que incluye a padre y discípulos) que alimenten a la niña, que le inicien de forma diferente en la experiencia de la vida.
Este es un milagro de iglesia y familia. Jesús acepta a los padres judíos, pero sabe que en ellos hay algo insuficiente: no pueden ofrecer vida a su hija. Por eso introduce a los representantes de la comunidad mesiánica en la casa de la niña muerta, para ofrecer el testimonio supremo de la vida. Evidentemente, él sólo la podrá curar si el padre cambia, si viene a su lado la madre, para ofrecerle nuevo nacimiento (5, 40), si se comprometen otros miembros de la comunidad eclesial, ofreciendo a la niña espacio de libertad y amor humano.
- La hemorroísa estaba enferma según códigos sociales y sacrales del entorno judío. Jesús le cure y dice que vaya en paz y quede libre de su dolencia (5, 34), pero a fin de que ella sane y pueda vivir han de sanar (cambiar de mente y vida) todos los Archisinagogos de la tierra.
- La niña de doce años sufre también la enfermedad de falsa pureza del ambiente social), pero la hemorroísa era mayor, esta niña, en cambio, depende de su padre; para que ella viva tiene que cambiar el sinagogo, ofreciendo dignidad (espacio de vida y futuro) a las hemorroísas
.
El Archisinagogo es con Jesús el personaje central de la escena. Sólo admitiendo a la hemorroísa puede dar vida a su hija. Para eso tiene que entrar en el cuarto interior de su casa con los tres discípulos de Jesús. Sólo allí donde el buen judío acepta la pureza de la impura (hemorroísa) y la comunidad de los discípulos del Cristo puede hacerse padre.
De esta forma se cumple el arco de las curaciones eclesiales. Jesús había salido a sembrar el sembrador (cf. 4, 1-34). Había cruzado al otro lado del mar, llevando a los discípulos, en medio del gran miedo (4, 35-41) para convertir al poseso geraseno (5, 1-20), signo de los paganos envueltos en violencia militar. Luego ha vuelto a su tierra para cambiar al Archisinagogo judío con su hija. Así aparece en ambos casos como creador de comunión mesiánica.

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24 junio 2009

In-Formación

ESPERAR (=AMÁN)
por Severino María Alonso, cmf
publicado por
Ciudad Redonda
La Biblia nos habla más de "esperar" (verbo) que de "esperanza" (sustantivo). Nos revela, así, el carácter dinámico, vital, de la esperanza. No es un concepto, algo ya elaborado, sino la expresión de una vivencia personal.
Hay un verbo que recoge y traduce la experiencia del hombre que cree en Dios, que se apoya en él y que de él se fía. Es el verbo amán. No puede traducirse, sin más, por nuestro verbo "esperar". Desborda, con mucho, su contenido y la capacidad de sugerencia que pudiera tener para nosotros. Lo primero que sugiere -en su raíz- este verbo hebreo es la idea de firmeza, de solidez, de seguridad. De él deriva nuestro "amén", que no significa "así sea", un simple deseo, sino que es una vigorosa afirmación, un acto de fe firme y de inconmovible esperanza. En su sentido más original implica "ser capaz de llevar, de sostener", como el padre lleva y sostiene en sus brazos al hijo pequeño. Es significativo -y sugerente- que el sustantivo femenino derivado de este verbo signifique precisamente "nodriza" (Cf Is 49, 23; 60, 4; 63, 8-9; Dt 32, 10 s.; Os 11, 4; Sal 68, 20; etc.).
De esta misma raíz y conservando su sentido funda¬mental, derivan unas cuantas palabras, sustantivos, adjetivos o verbos como estable, sólido, verdadero, seguridad, fiel, creer, fe, etc. Dios es fiel, y guarda su alianza y su amor por mil generaciones (Dt 7, 9). Es una de las afirmaciones más repetidas en toda la Escritura. Y sobre esta fidelidad de Dios se apoya la esperanza del hombre, lo mismo que se apoya su fe. Para un semita la fe implica esencialmente seguridad, firmeza. El verbo creer deriva de la raíz aman. Creer en Dios es apoyarse en él contar con él, fiarse de él. Y Dios es roca inconmovible, fortaleza, escudo, baluarte. Apoyándonos en él, participamos de su estabilidad, de su firmeza, de su calma, de su equilibrio y de su seguridad.
Esperar en Dios es contar con Alguien que es infinitamente fiel. La esperanza, lo mismo que la fe, es la respuesta del hijo, su "amén", al Padre que le lleva en sus brazos, que le sostiene y protege. Los salmos, que nos revelan el alma orante de Israel y que traducen en palabras las situaciones y actitudes del hombre frente a Dios, son, ante todo, la oración de la esperanza, de la fe inquebrantable y de la confianza en Dios.
"Mas tú, Yahwé, escudo que me ciñe, mi gloria, el que realza mi cabeza... Yo me acuesto y me duermo, me despierto, pues Yahwé me sostiene..." (Sal 3, 4.6). "Me acuesto en paz, y en seguida me duermo, pues tú sólo, Yahwé, me asientas en seguro" (Sal 4, 9). "Dios, el escudo que me cubre, el salvador de los de recto corazón" (Sal 7, 11). "Sea Yahwé ciudadela para el oprimido, ciudadela en los tiempos de angustia. Y en ti confíen los que saben tu nombre, pues tú, Yahwé, no abandonas a los que te buscan" (Sal 9 10, 10.11). "Yo te amo Yahwé, mi fortaleza... Yahwé mi roca y mi baluarte, mi liberador, mi Dios, la peña en que me amparo, mi escudo y cuerno de mi salvación, mi altura inexpugnable y mi refugio... Me asaltaron el día de mi ruina, mas Yahwé fue un apoyo para mí... El es escudo de cuantos a El se acogen" (Sal 18, 1 3, 19.31). "Sé para mí una roca de refugio, alcázar fuerte que me salve; pues mi roca, mi fortaleza eres tú" (Sal 31, 3 4). "En Yahwé puse toda mi esperanza. El se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor" (Sal 40, 2). "Dios es para nosotros refugio y fortaleza, un socorro en la angustia siempre a punto" (Sal 46, 2). "Los que confían en Yahwé son como el monte Sión, que es inconmovible, estable, para siempre" (Sal 125, 1).
Jesús es el "Amén". Así se le llama en el Apocalipsis. Es el gran "sí" del Padre. En cuanto Verbo y en cuanto Hombre. "Cristo Jesús, dice san Pablo, no fue sí y no; en él no hubo más que sí" (2 Cor 1,19). "Así habla el Amén, el Testigo fiel y veraz" (Apoc 3, 14). Su preocupación fue decir siempre "sí" al Padre. Ya Isaías llamaba a Yahwé "el Dios del Amén" (Is 65, 16). Como el salmista le llama "el Dios de la verdad" (Sal 31, 6). Cristo es la roca, la piedra angular, rechazada por los arquitectos (Cf Sal 118, 22; Mt 21, 42; etc.).
Nadie puede poner otro fundamento que Jesucristo (cf 1 Cor 3, 11). El Apóstol Pedro, al ser establecido por Cristo como roca en que apoyar su Iglesia (cf Mt 16, 18), participa de la firmeza y de la solidez de Cristo y de su misión de ser fundamento y de asegurar a sus hermanos en la fe (cf Lc 22, 32).
Esperar es contar con Alguien que es infinitamente Fiel. Fiel a sí mismo, a su Palabra y fiel a nosotros. Nos ofrece todas las garantías. El no puede fallar. Y toda la pedagogía de Dios se orienta a que el hombre prescinda de todo otro apoyo, para apoyarse exclusivamente en él. Las pruebas las calamidades, los fracasos tienen este sentido pedagógico. Dios se sirve de ellos para purificar de toda escoria la fe y la esperanza del hombre. Cuando todo falla, puede brotar la auténtica confianza en Dios, libre ya de toda apoyatura humana.
Dios hace vivir a su pueblo una experiencia nómada y pastoril. Esta experiencia le irá haciendo comprender muchas cosas. El pastor organiza su vida en función de su rebaño. Vive para él. A merced de sus necesidades. Se traslada de un lugar a otro en busca de pastos abundantes. Conoce a sus ovejas y las ama. Corre en busca de la extraviada y cura a la enferma. Tiene para con ellas una solicitud verdaderamente maternal. Y las ovejas se fían de él: se dejan guiar y alimentar por él. Desde esta experiencia, Dios quiere hacer comprender a su pueblo una espléndida lección. Así como tú -viene a decirle- eres pastor de tu rebaño, te cuidas de él y tus ovejas conocen tu voz y te siguen, dejándose conducir por ti, así yo -Yahwé- soy tu Pastor. Y debes fiarte de mí, dejarte guiar y alimentar por mí.
El verbo amán tiene también este significado: dejarse guiar y alimentar por ese Alguien que es infinitamente Fiel. El pueblo de Israel tiene conciencia viva de esta realidad. Y se dirige a Yahwé como a su Pastor, llevando la metáfora hasta sus últimas consecuencias.
"Yahwé es mi Pastor, nada me falta. Por prados de fresca hierba me apacienta. Hacia las aguas de reposo me conduce, y conforta mi alma... Aunque pase por valle tenebroso, ningún mal temeré; pues, junto a mí tu vara y tu cayado, ellos me consuelan" (Sal 23, 1-4). "Pastor de Israel, escucha, tú que guías a José como un rebaño" (Sal 80, 2). "Así dice el Señor Yahwé: Aquí estoy yo. Yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él. Como un pastor vela por su rebaño cuando se encuentra en medio de sus ovejas dispersas, así velaré yo por mis ovejas" (Ez 34, 11-12.13-16).
Jesús mismo se presentará como el buen Pastor. Y llevará hasta sus últimas consecuencias -en su palabra y en su vida- la alegoría. "Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas... Yo soy el Buen Pastor, y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo al El, y doy mi vida por las ovejas" (Jn 10, 11.14-15). Y San Pedro: "Erais como ovejas descarriadas. Pero ahora habéis vuelto al Pastor y guardián de vuestras almas" (1 Pe 2, 25).
Para suscitar una esperanza contra toda esperanza (cf Rom 4, 18), como en Abrahán, Dios suele colocarnos, a veces, en situaciones desconcertantes, más que como ‘prueba’, como eficaz pedagogía: para enseñarnos a fiarnos infinitamente de él, sin más garantías que él mismo.
Más firme y segura todavía que la fe y la esperanza de Abrahán, fueron la fe y la esperanza de María. Se le anuncia un Hijo, y es Virgen. Un Hijo que es Dios, y le ve nacer en un pesebre, perseguido desde la cuna. Y vive el mayor escándalo -que hizo vacilar a todos-, el escándalo de la cruz, firme y erguida, de pie ante el mayor dolor, segura e inconmovible en su fe. La única que creyó en la resurrección de su Hijo. Por eso fue bienaventurada y bienaventurada la proclamarán todas las generaciones. Por haber creído (Cf Lc 1, 45.48; cf CatIC, nn. 114.148-149).
María condensa y resume en sí misma las esperanzas todas y toda la esperanza de Israel y de los demás pueblos. Por eso, su nombre propio es Esperanza: María de la Esperanza, María-Esperanza. Prenda y realización de las promesas de Dios y de las esperanzas de los hombres.

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23 junio 2009

La Buena Noticia

HERIDAS SECRETAS
por José Antonio Pagola
28 de junio de 2009
13 Tiempo ordinario ( B )
Marcos 5, 21-43
No conocemos su nombre. Es una mujer insignificante, perdida en medio del gentío que sigue a Jesús. No se atreve a hablar con él como Jairo, el jefe de la sinagoga, que ha conseguido que Jesús se dirija hacia su casa. Ella no podrá tener nunca esa suerte.
Nadie sabe que es una mujer marcada por una enfermedad secreta. Los maestros de la Ley le han enseñado a mirarse como una mujer «impura», mientras tenga pérdidas de sangre. Se pasado muchos años buscando un curador, pero nadie ha logrado sanarla. ¿Dónde podrá encontrar la salud que necesita para vivir con dignidad?
Muchas personas viven entre nosotros experiencias parecidas. Humilladas por heridas secretas que nadie conoce, sin fuerzas para confiar a alguien su «enfermedad», buscan ayuda, paz y consuelo sin saber dónde encontrarlos. Se sienten culpables cuando muchas veces solo son víctimas.
Personas buenas que se sienten indignas de acercarse a recibir a Cristo en la comunión; cristianos piadosos que han vivido sufriendo de manera insana porque se les enseñó a ver como sucio, humillante y pecaminoso todo lo relacionado con el sexo; creyentes que, al final de su vida, no saben cómo romper la cadena de confesiones y comuniones supuestamente sacrílegas... ¿No podrán conocer nunca la paz?
Según el relato, la mujer enferma «oye hablar de Jesús» e intuye que está ante alguien que puede arrancar la «impureza» de su cuerpo y de su vida entera. Jesús no habla de dignidad o indignidad. Su mensaje habla de amor. Su persona irradia fuerza curadora.
La mujer busca su propio camino para encontrarse con Jesús. No se siente con fuerzas para mirarle a los ojos: se acercará por detrás. Le da vergüenza hablarle de su enfermedad: actuará calladamente. No puede tocarlo físicamente: le tocará solo el manto. No importa. No importa nada. Para sentirse limpia basta esa confianza grande en Jesús.
Lo dice él mismo. Esta mujer no se ha de avergonzar ante nadie. Lo que ha hecho no es malo. Es un gesto de fe. Jesús tiene sus caminos para curar heridas secretas, y decir a quienes lo buscan: «Hija, hijo, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud».

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19 junio 2009

Comentando el Evangelio

Comentario al Evangelio del día
19 de junio
por José María Castillo
publicado en La Religión de Jesús, DDB, 2008
“En aquel tiempo, los judíos, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era el día solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados con la lanza le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también, vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: “No le quebrarán un hueso”, y en otro lugar la Escritura dice: “Mirarán al que atravesaron”. Jn 19, 31-37
1. La festividad del Sagrado Corazón de Jesús evoca uno de los temas de la espiritualidad cristiana que más han motivado a muchas personas y comunidades religiosas desde el s. XVII al XX. El recuerdo del amor y el sufrimiento de Jesús han inspirado una piedad generosa y sincera, más centrada en la devoción y en la experiencia religiosa como tal, que en la responsabilidad social y eclesial.
2. La imagen de Jesús muerto y traspasado en su pecho invita, como es lógico, a la piedad y devoción de los creyentes. Pero, si se piensa en esa imagen con más amplitud de miras, enseguida se advierte en ella la expresión más fuerte y patética de lo que es la historia de la libertad. Esta historia se ve al revés cuando se estudia y se contempla “como pura historia de éxitos, como pura historia de vencedores” (J. B. Metz). La libertad de los individuos y de los pueblos no ha sido el logro de los que han ganado, sino el paradójico éxito de los perdedores. Los vencedores, después de su victoria, han mutilado las libertades y han organizado legiones esclavos. Los vencidos, con su dolor y sus humillaciones, han movilizado a la humanidad para ir alcanzando logros de libertad.
3. Jesús, vencido y derrotado en la cruz, es la imagen de las víctimas, imagen universal de todos los que han luchado y han alcanzado porciones de libertad. Es el costado de Cristo crucificado que quizá nunca hemos sido capaces de mirar con serenidad y con impaciencia.

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Signos de los tiempos

UN ESTUDIO DE LA UCA SOSTIENE QUE EL PAÍS ESTÁ EN ESTADO DE “TURBULENCIAS SIGNIFICATIVAS”
La gobernabilidad de Cristina en caída
publicado por Crítica de Argentina del 19 de junio de 2008
La medición que realiza la Universidad Católica estableció que las candidaturas testimoniales, la estatización de empresas y el discurso oficial de “nosotros o el caos” influyeron en el descenso del indicador. “No somos Somalia, pero tampoco Brasil”
Las denominadas “candidaturas testimoniales”, la referencia del matrimonio presidencial respecto del caos en caso de perder la mayoría en el Congreso y el discurso gubernamental sobre la estatización de empresas fueron los indicadores que más influyeron en la baja del índice de gobernabilidad (IG) en la Argentina, según un estudio realizado por el Programa de Desarrollo Dirigencial de la Universidad Católica Argentina (UCA).En la medición del último bimestre –que comprende mayo y junio–, esa cifra descendió del 38,5 al 36,75, lo que continúa ubicando a nuestro país en una situación denominada de “Turbulencias significativas”. Aunque el resultado es ligeramente inferior al de dos meses atrás, en relación con julio de 2008, se encuentra 7,25 puntos más abajo.
“No somos Somalia pero tampoco Brasil. En general, los indicadores que arrojan este resultado son los mismos que los de los bimestres anteriores, sin embargo, ahora, influyó mucho el índice de la calidad institucional”, sostuvo Miguel Ángel Iribarne, director del trabajo y titular de la cátedra de Análisis Político y Opinión Pública de la UCA.
El estudio analiza 30 indicadores cualitativos y cuantitativos, a partir de la información suministrada por distintas instituciones públicas y privadas y del seguimiento sistemático de los medios de comunicación. La “Calidad institucional”, el “Grado de previsibilidad política” y el “Riesgo de nacionalizaciones” fueron los tres indicadores que más influyeron en la disminución del IG del período de mayo-junio de este año.
El primero de estos tres indicadores está vinculado con una acentuación negativa de “las llamadas ‘candidaturas testimoniales’, los fallos que las avalan y la referencia al caos si se pierden las mayorías legislativas por parte de la presidenta Cristina Fernández, así como del ex presidente Néstor Kirchner”; el segundo a la “fragilidad de la situación entre junio y diciembre” y el tercero a las “declaraciones gubernamentales proclives a las estatización de empresas”.
Según el trabajo, la medición del IC ayuda a “prever futuras crisis” y “tiende implícitamente a reflejar, como tendencia, la perspectiva con que la Argentina es percibida en el corto plazo”. Para Iribarne, “en muchos países del mundo, este tipo de estudios se hacen bajo el nombre de índice de riesgo político”.
Mientras el IC del período de enero-febrero de este año se mantuvo en 41 puntos, igual que en noviembre y diciembre de 2008; en marzo-abril bajó a 38,5 hasta llegar a 36,75 en este último bimestre. Sin embargo, ya desde julio del año pasado el país estaba ubicado en lo que el estudio denomina la banda “Turbulencias significativas” (un índice de 31 a 54). Es decir, Argentina se encontraría más cercana a la banda de “Proximidad de situaciones anárquicas” (30 o menos), que a las de “Gobernabilidad moderada”(entre 55 y 69) y “Gobernabilidad significativa” (70 o mayor).

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18 junio 2009

Comentando el Evangelio

Comentario al Evangelio del día
18 de junio
por José María Castillo
publicado en La Religión de Jesús, DDB, 2008
“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Cuando recéis no uséis muchas palabras como los paganos, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes que se lo pidáis. Vosotros rezad así: Padre nuestro del cielo, santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy el pan nuestro, perdónanos nuestras ofensas, pues nosotros hemos perdonado a los que han ofendido, no nos dejes caer en tentación, sino líbranos del maligno. Porque si perdonáis a los demás sus culpas, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas”. Mt 6, 7-15
1. No rezamos para informar a Dios de lo que pensamos que nos hace falta. Según la idea comúnmente aceptada, Dios sabe lo que necesitamos antes de que se lo digamos. Tampoco rezamos para mover a Dios a que quiera lo que nosotros queremos. Rezamos porque es humano acudir a quien pensamos que nos puede ayudar. Lo cual quiere decir que, cuando rezamos, expresamos nuestros deseos más sinceros y más apremiantes.
2. Según lo dicho, la oración es la mejor expresión de cómo es nuestra religiosidad y para qué nos moviliza. En esto radica la importancia singular que tiene la oración que Jesús nos enseñó. En esta oración, Jesús nos dice lo que, ante todo, nos tiene que interesar en la vida. Es decir, los motivos y los valores que han de movilizar nuestro comportamiento.
3. El tema de Dios es decisivo, quizá lo más decisivo, para movilizarnos hacia el bien o hacia el mal. La creencia en Dios ha hecho santos y ha humanizado a mucha gente. Como ha hecho criminales y ha deshumanizado a tantas personas. Por eso Jesús dice que, cuando acudimos a Dios, sólo tengamos en la cabeza a un Padre, jamás a un Déspota o un Tirano. Que le pidamos, es decir, que lo más apremiante para nosotros sea que nadie le falta al respeto a ese nombre, o sea que no lo utilice para mandar, en nombre de Dios, lo que nunca se debe mandar: privar a las personas de su libertad, de su dignidad, de su felicidad. Y, menos aún, para conseguir que la gente se sienta mal, se sienta culpable, amenazada, indigna. Si de Dios pensamos y sentimos así, lo demás que dice el “Padre nuestro” resulta lógico y es la mejor oración que se puede hacer.

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Jesuitas

Día Mundial del Refugiado, 20 de junio de 2009
Declaración del Servicio Jesuita a Refugiados para el Día del refugiado

publicado por
Ecclesia Digital
El miedo al extranjero condiciona las políticas hacia los refugiados
La acogida a los refugiados garantizaría la protección internacional

"Es extremadamente preocupante que los estados más ricos del mundo sigan eludiendo sus responsabilidades con respecto a los refugiados. En lugar de dar la bienvenida a las personas que huyen de sus hogares por la extrema pobreza y la violencia, les cierran la puerta. Esta manera de actuar hace insostenible el sistema mundial de protección internacional", dice el director internacional del JRS, Peter Balleis SJ.
A propósito del 20 de junio, Día Mundial del Refugiado, el JRS ha hecho un llamamiento a los gobiernos para que respeten sus compromisos con los derechos humanos y creen un entorno propicio para la integración de refugiados e inmigrantes. El JRS recuerda a los ciudadanos su fortaleza, ya que los gobiernos dependen de su consentimiento para actuar. Haciendo suyo el clamor de los desplazados, los ciudadanos propiciarán mejores políticas gubernamentales.
Los países desarrollados marcan las pautas de la aplicación de políticas y leyes que impiden a los refugiados entrar y permanecer en sus territorios. A modo de ejemplos, el gobierno italiano deporta ilegalmente a los inmigrantes indocumentados a Libia sin ni siquiera tratar de determinar si necesitan o no protección; las autoridades de los EE.UU. impiden, indiscriminadamente, la llegada de los barcos que transportan a los haitianos que huyen de la pobreza y de las graves violaciones a los derechos humanos; y, en Grecia, las condiciones para los solicitantes de asilo son tan deplorables, que algunos estados de la UE ya no lo consideran un país seguro donde buscar refugio.
Los políticos y los medios de comunicación muestran al extranjero que llega como una amenaza tanto para la seguridad pública como para la identidad cultural. A menudo obvian las contribuciones positivas hechas por los refugiados y los inmigrantes al desarrollo económico y cultural de las naciones de acogida. Se olvidan de que los refugiados son personas desplazadas por la fuerza, que se vieron obligadas a abandonar sus hogares. Por ello, los países en desarrollo tienen que responsabilizarse de acoger al 80 por ciento de la población mundial de refugiados.
"La que alguna vez fue política de puertas abiertas de los países en desarrollo se está cerrando rápidamente. El mensaje – no hay lugar en la posada – se ha recibido de forma clara en muchos países en desarrollo – Camboya, Kenia, Panamá, Tanzania, Tailandia – que adoptan políticas cada vez más restrictivas hacia las poblaciones desplazadas. Esas naciones ven que los países desarrollados, empujados por el temor a los extranjeros, ya no están interesados en compartir la responsabilidad global de la protección internacional", afirma P. Balleis.
Sin embargo, algunos países han demostrado que es posible aceptar más refugiados dentro de sus fronteras. El pasado mes de marzo, el gobierno ecuatoriano inició un proceso de regularización de la situación de más de 50.000 refugiados colombianos no reconocidos hasta ahora. Un mes después, Sudáfrica anunció la adopción de procedimientos para ofrecer protección temporal a más de un millón de zimbabuenses que han huido de sus hogares.
Tras una década de medidas cada vez más draconianas para hacer frente a la inmigración forzada, no sólo no se ha reducido el número de refugiados en el mundo, sino que se ha intensificado el sufrimiento de los más vulnerables. Cerrar los ojos a la realidad de los refugiados compromete los principios de justicia y solidaridad que cimientan las sociedades libres. Al abrir nuestros corazones a su sufrimiento nos obligamos a acoger al extranjero.

Nota al editor:
El JRS trabaja en más de 50 países de todo el mundo. Cuenta con más de 1.000 empleados entre laicos, jesuitas y otros religiosos y religiosas para dar respuesta a, entre otras, las necesidades de educación, salud y prestaciones sociales de 500.000 refugiados y desplazados, de los cuales más de la mitad son mujeres. Ofrece sus servicios a los refugiados independientemente de su raza, origen étnico o confesión religiosa.

Para más información, contacte con
James Stapleton, coordinador internacional de comunicación; tel: +39 06 68 977390; +39 346 234 3841; e-mail: international.communications@jrs.net; www.jrs.net

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